domingo, 24 de enero de 2010

Memorias de la universidad


Ahora sí. Ya no sé de qué me están hablando. Hace un minuto estuve a punto de detenerlos porque estaba a nada de perderme pero, para variar, quise llegar al límite y ver si lo lograba.

De pronto me encontré inmerso dentro de una grán nebulosa blanca y brillante donde no se distinguen formas ni sonidos, donde flotas ignorando si miras hacia arriba, hacia abajo, hacia el oriente o el occidente. Claro, todo esto dentro de mi personal espacio mental.

Es muy curioso como puedes verte desde el fondo de la mente parpadeando en un tiempo suspendido tratando de discernir si estás a punto de desmayarte o es tanta la introspección que has dejado de respirar por una instante interminable. El cuerpo, mi cuerpo, este cuerpo inmenso y diminuto que aún se mueve y se expande junto a todos los cuerpos celestiales con la inercia de la gran explosión, este cuerpo mío y prestado se desvanece ante el embate furioso de sus palabras y sus propias dudas; este cuerpo evolucionado casi a la perfección no logra resistir el calor calcinante de sus intrigas. ¿Voy a morir?

Finalmente me armo de valor y pido... No, suplico que el mundo se detenga, que los vientos paren y las mareas se nivelen, que los astros del universo contengan sus reacciones y dejen de deslumbrarme con su luz sempiterna. Ruego a las fuerzas sobrenaturales y metafísicas que el tiempo se interrumpa. Necesito recuperar mi unidad como ente vivo y racional. Alzo mis brazos en una humilde súplica donde derramo el alma, el cuerpo y las pocas lágrimas que quedan en mis ojos, y pido que me repitan lo que me han intentado decir durante los últimos veinte minutos.
¡Por Dios -que desde algún lugar contempla mi desdicha- no puedo crer que sea tan difícil comprender una maldita ecuación diferencial!

lunes, 7 de diciembre de 2009

El eterno problema.


Su eterno problema era la dificultad que siempre encontraba para concluir sus proyectos. Invariablemente dejaba todo a la mitad o, en el mejor de los casos, cerca del término. Un día fue tanta su frustración, que decidió terminar con su miserable vida de un sólo golpe. Así que corrió por la pistola de su padre y cegado por la ira se dio un disparo en la boca.

El día de hoy vive prisionero de su cuerpo a causa de aquel disparo que le destrozó quién sabe cuántos nervios pero no lo mató. El pobre no puede mover ni un dedo y sólo espera que la vida termine pronto con él ya que, como era su costumbre, él tampoco pudo terminar con ella.

lunes, 23 de noviembre de 2009

martes 13


En general, me gusta ser yo, aunque hay dias en los que no me conozco. Si me encuentras en un dia de esos, por favor conduceme a mi casa, amarrame a la reja y pideme amablemente que espere hasta que llegue alguien y me meta.

No intentes convencerme ni arreglarme el cabello, y si estoy muy sucio sólo sacudeme un poco. Si puedes, dame agua y una roca para jugar.